Una perturbación
sonora ingresa por un pequeño y oscuro túnel. Avanza a razón de trescientos cuarenta
metros cada segundo. Se impacta en una membrana lo bastante delicada como para
desequilibrar al mejor de los equilibristas; el impacto hace a su vez que un
martillo golpeé duramente un yunque, mismo que se desquita furioso con un
estribo que termina por asomarse de golpe en una ventana oval que esconde en su
interior un océano tan grande que bien pudiéramos equiparar con un laberinto.
Para entonces la perturbación sonora que originó todo este embrollo se ha
convertido en un potente impulso eléctrico, que viaja a toda velocidad para
alertar ahora cada uno de mis sentidos.
Abro los ojos.
Estiro la mano. Apago el despertador. Me voy directo a la ducha esperando que
el agua concluya la labor que el despertador en su nombre lleva implícito.
Una nueva
oportunidad (traspié quizá, gato en el mejor de los casos) para acrecentar
estas anécdotas cronópicas.
Al parecer luego de
hacer mucha desidia, por fin se decidió. No la culpo, quizá hasta la admiro un
poco; y es que decidirse a no estar solo no es algo sencillo. Hay que tener
agallas para enfrentar cara a cara a la propia soledad –con ese rostro tan
seductor- y determinarse tajantemente a darle la espalda.
Después de engendrar
tantas soledades por fin la soledad se quedó sola, se hizo frente a sí misma y
ahora todos conocemos lo ocurrido…
Lo único que me resta es hacer un minuto de silencio por la
soledad.
…me enfado con las sombras que pueblan los pasillos
y me abrazo a la ausencia que dejas en mi cama.
J. Sabina
AUSENCIA
El mundo ausente se presenta una vez mí. Los tonos grises y púrpuras dibujan sus sombras y diseminan sus matices en todo el panorama. La cera de mi crayón no es suficiente para colorear esos matices, la pesadumbre de abruma y empieza a hacer mella sobre mis hombros cansados, hombros que nunca han estado ausentes, hombros que coronan un pecho que ahora además soporta tu ausencia.
Por GORCH - 11 de Diciembre, 2008, 23:14, Categoría: General
Se que suelo ser demasiado no-religioso, pero esta canción aún me mueve las tripas
Un día de jardinero se vistió el señor,
Podaba las flores, los setos, las praderas de dios
Un día de caminante se vistió el señor,
Porque los que el amaba se iban sin amor.
Un día de pescador se vistió el señor,
Su barca, sus redes, su velas llevan la ruta de amor.
Y hoy, ¿dónde estás, dónde estás Señor?
En el jardinero, también hoy, también hoy
En aquel que nos miró, en el pobre tú estas,
Y brillan mis ojos al reconocer tu voz.
Ahí estas, ahí estas; ya te vi señor,
En el jardinero, también hoy, también hoy,
Ahí estas, ahí estas; ya te vi señor,
En el caminante que a nuestro paso se unió.
Si tuviera el vicio
del tabaco este sería el momento ideal para hacer un paréntesis. Darle
cualquier pretexto al jefe para salir de la oficina y sus rutinarias
actividades, sentarme a la sombra de un árbol y encender un cigarrillo.
Disfrutar en cada fumada la pronta, prontísima acción de la nicotina en mi
sistema nervioso y relajarme con las bocanadas de humo. Esparcir las cenizas en
el pasto y jugar, confabulado con el aire, a pintar el tabaco: de café a rojo,
de rojo a negro, y de negro a gris.
Si tuviera el vicio
del tabaco me estaría “fumando el momento”, en lugar de negarle a los informes,
oficios y memorándums que no les puedo prestar atención porque tu recuerdo
ocupa mi mente.
Si tuviera el vicio
del tabaco te estaría fumando en este momento.
Mirar en todas direcciones pensando
qué demonios hacer.
Encontrar en un rincón un
arrumbado cuadro, aquel que tiene cuatro meses esperando ser colgado (la litografía horrenda que el “simpático” de mi jefe me regaló en lugar de
aguinaldo, pero que a mi mujer le encanta).
Pensarlo bien.
Ubicar el mejor lugar.
Pensarlo otra vez.
Regresar el cuadro a su rincón….
Pensar en la sorpresa de mi mujer
al verlo en exhibición y las posibles (y gratificantes) repercusiones para
conmigo.
Martillo.
Una pared.
Clavos.
Martillar.
Martillarme un dedo.
Grito inminente.
Dejar caer el martillo en el acto
y levantar el pie derecho al momento que me llevo el pulgar de la mano
izquierda -de manera casi instintiva- a la boca… (como si con ello fuera a
lograr detener el dolor que empieza a manifestarse)… primero un leve hormigueo,
luego sentir el corazón mismo en el pulgar para después pasar a un ardor
tremendo, sólo equiparable a la picadura de una hormiga -de esas rojas
grandotas-…
Maldecir al martillo por haber
atinado mi dedo en lugar de la cabeza del clavo.
Maldecir la cabeza del clavo por
haberse movido y dejar campo abierto al martillo para golpear mi dedo.
Maldecir a mi dedo índice por no
haber prevenido a mi indefenso dedo pulgar.
Maldecir a mi dedo pulgar por no
haberse movido y permanecer en una pasividad total para ser golpeado por el
martillo.
Finalmente, maldecir al cabrón de
mi compadre Humberto que tuvo el "detallazo" de regalarme un juego de
herramientas (como si el méndigo no supiera que quienes padecemos parkinson
estamos imposibilitados para cierto tipo de trabajos manuales).
El Diccionario de la Real
Academia define la rutina como “costumbre inveterada, hábito adquirido de hacer las cosas por mera
práctica y sin razonarlas”.Por lo general
para todo hay rutinas, más aun en la vida diaria. Mi rutina de todos los días,
luego de levantarme es la del café.
En una serie de seis pasos
consigo hacerme de un buen espresso doble para iniciar la jornada.
1.- Abrir la cafetera
2.- Llenar de agua el depósito
3.- Poner una cantidad
considerable de café molido en el filtro
4.- Enroscar bien la cafetera
5.- Calentar a fuego moderado y
esperar alrededor de diez minutos
6.- Servir el café preparado
7.- ...y disfrutar del inicio del
día con un buen café
El día de hoy fue distinto. Me di
cuenta de ello cuando en el paso sexto noté un color cristalino en el líquido
que vertía a mi taza. Con asombro y algo de molestia descubrí que, por un
garrafal e imperdonable error, había omitido el imprescindible paso tres.