Si tuviera el vicio
del tabaco este sería el momento ideal para hacer un paréntesis. Darle
cualquier pretexto al jefe para salir de la oficina y sus rutinarias
actividades, sentarme a la sombra de un árbol y encender un cigarrillo.
Disfrutar en cada fumada la pronta, prontísima acción de la nicotina en mi
sistema nervioso y relajarme con las bocanadas de humo. Esparcir las cenizas en
el pasto y jugar, confabulado con el aire, a pintar el tabaco: de café a rojo,
de rojo a negro, y de negro a gris.
Si tuviera el vicio
del tabaco me estaría “fumando el momento”, en lugar de negarle a los informes,
oficios y memorándums que no les puedo prestar atención porque tu recuerdo
ocupa mi mente.
Si tuviera el vicio
del tabaco te estaría fumando en este momento.
Mirar en todas direcciones pensando
qué demonios hacer.
Encontrar en un rincón un
arrumbado cuadro, aquel que tiene cuatro meses esperando ser colgado (la litografía horrenda que el “simpático” de mi jefe me regaló en lugar de
aguinaldo, pero que a mi mujer le encanta).
Pensarlo bien.
Ubicar el mejor lugar.
Pensarlo otra vez.
Regresar el cuadro a su rincón….
Pensar en la sorpresa de mi mujer
al verlo en exhibición y las posibles (y gratificantes) repercusiones para
conmigo.
Martillo.
Una pared.
Clavos.
Martillar.
Martillarme un dedo.
Grito inminente.
Dejar caer el martillo en el acto
y levantar el pie derecho al momento que me llevo el pulgar de la mano
izquierda -de manera casi instintiva- a la boca… (como si con ello fuera a
lograr detener el dolor que empieza a manifestarse)… primero un leve hormigueo,
luego sentir el corazón mismo en el pulgar para después pasar a un ardor
tremendo, sólo equiparable a la picadura de una hormiga -de esas rojas
grandotas-…
Maldecir al martillo por haber
atinado mi dedo en lugar de la cabeza del clavo.
Maldecir la cabeza del clavo por
haberse movido y dejar campo abierto al martillo para golpear mi dedo.
Maldecir a mi dedo índice por no
haber prevenido a mi indefenso dedo pulgar.
Maldecir a mi dedo pulgar por no
haberse movido y permanecer en una pasividad total para ser golpeado por el
martillo.
Finalmente, maldecir al cabrón de
mi compadre Humberto que tuvo el "detallazo" de regalarme un juego de
herramientas (como si el méndigo no supiera que quienes padecemos parkinson
estamos imposibilitados para cierto tipo de trabajos manuales).
El Diccionario de la Real
Academia define la rutina como “costumbre inveterada, hábito adquirido de hacer las cosas por mera
práctica y sin razonarlas”.Por lo general
para todo hay rutinas, más aun en la vida diaria. Mi rutina de todos los días,
luego de levantarme es la del café.
En una serie de seis pasos
consigo hacerme de un buen espresso doble para iniciar la jornada.
1.- Abrir la cafetera
2.- Llenar de agua el depósito
3.- Poner una cantidad
considerable de café molido en el filtro
4.- Enroscar bien la cafetera
5.- Calentar a fuego moderado y
esperar alrededor de diez minutos
6.- Servir el café preparado
7.- ...y disfrutar del inicio del
día con un buen café
El día de hoy fue distinto. Me di
cuenta de ello cuando en el paso sexto noté un color cristalino en el líquido
que vertía a mi taza. Con asombro y algo de molestia descubrí que, por un
garrafal e imperdonable error, había omitido el imprescindible paso tres.
...a todos los amables (y escasos) lectores de este blog les adeudo unas letras. Había pensado en compartirles una noveda de mi vieja melancolía, pero las letras llegaron a la pluma de Sabina antes que a la mía, un abrazo.
Sgt. Pepper
PUNTOS SUSPENSIVOS
Lo malo del amor cuando termina
son las habitaciones ventiladas,
el puré de reproches con sordina
las golondrinas muertas en la almohada.
Lo malo del
después son los despojos
que embalsaman el humo de los sueño,
los teléfonos que hablan con los ojos,
el sístole sin diástole ni dueño.
Lo más ingrato es encalar la casa,
remendar los pecados veniales
y condenar a la hoguera los archivos.
Lo atroz de la pasión
es cuando pasa,
cuando al punto final de mis finales
no le siguen dos puntos suspensivos.
Por GORCH - 4 de Mayo, 2008, 17:29, Categoría: General
TU TIEMPO UN TIEMPO MI TIEMPO UN TIEMPO DOS TIEMPOS AL TIEMPO UN TIEMPO EN TIEMPO A TIEMPO SIN TIEMPO A TIEMPO EN TIEMPO UN TIEMPO AL TIEMPO DOS TIEMPOS UN TIEMPO MI TIEMPO UN TIEMPO TU TIEMPO SIN TIEMPO
¿Me regalas un cigarro? Es seguro
que por lo menos alguna vez hemos escuchado o hecho esta pregunta, así como
también quizá hayamos sido interrogados de esa forma.
Se trata de un acuerdo tácito
entre todos los fumadores. En ningún sitio está escrito, pero de estarlo, dicho
precepto rezaría así: “es propio de un buen adicto a la nicotina abastecer de
cuantas dosis sean necesarias a algún colega que se encuentre corto de
provisiones”.
A la fecha no ha habido noticia
de persona alguna que se niegue ante tan lúgubre petición. Después de todo, ¿por qué
no ser copartícipe del suicidio de alguien, si estoy procurando el mío en cada
inhalación?
Tuve uno de esos sueños en los
que sueñas dentro de otro sueño.
Los hechos: luego de la comida me
dispuse en el sillón de la sala a hacer la siesta. Habitualmente descanso unos
quince o veinte minutos antes de continuar con lo que queda de la jornada.
Empieza el sueño (¿sueño?). Una
vez que hube dormido el tiempo suficiente abrí los ojos y con gran
incertidumbre descubrí que pese a todos mis esfuerzos no podía mover mi cuerpo.
Las piernas no me respondían, tenía el pecho extremadamente pesado y no podía
mover los brazos. Luche una y otra y otra vez sin ningún resultado. Ante una angustiante
desesperación, mi parte racional se percató de que mi cuerpo aun se encontraba
durmiendo. Fue entonces que sagazmente mi conciencia, al percibir un hormigueo
en el brazo derecho, envió un alarmante mensaje: ¡te estas electrocutando el
brazo!, ¡despierta! Volvía a intentar moverme. Las piernas seguían ignorando
mis órdenes, el pecho continuaba con su pesadez y a la negativa de movimiento
de mis brazos se sumó el intenso hormigueo que ciertamente estaba teniendo
lugar.
Debo admitir que fue muy asusta
mi razón al querer valerse de un padecimiento para despertarme. Pese a ello mi
cuerpo decidió jugar el mismo juego: por mi mente pasó la imagen de mi cuerpo
dormido en el sillón de la sala para recordarme que no había ninguna toma de
corriente eléctrica o cable que posibilitara electrocutarme.
La lucha fue intensa. Mientras
una parte de mi pretendía engañarme para despertar de la siesta que debía
finalizar otra parte, mas astuta quizá, exponía motivos valederos para
continuar reposando sin peligro alguno.
Luego del encarnizado
enfrentamiento por fin desperté. Volví al estado de vigilia con todo mi cuerpo
relajado, un constante hormigueo en el brazo derecho y la extraña sensación de
un revoltijo en mis ideas.
¿Y si un día de estos días toco
un enchufe mientras duermo?