Mirar en todas direcciones pensando
qué demonios hacer.
Encontrar en un rincón un
arrumbado cuadro, aquel que tiene cuatro meses esperando ser colgado (la litografía horrenda que el “simpático” de mi jefe me regaló en lugar de
aguinaldo, pero que a mi mujer le encanta).
Pensarlo bien.
Ubicar el mejor lugar.
Pensarlo otra vez.
Regresar el cuadro a su rincón….
Pensar en la sorpresa de mi mujer
al verlo en exhibición y las posibles (y gratificantes) repercusiones para
conmigo.
Martillo.
Una pared.
Clavos.
Martillar.
Martillarme un dedo.
Grito inminente.
Dejar caer el martillo en el acto
y levantar el pie derecho al momento que me llevo el pulgar de la mano
izquierda -de manera casi instintiva- a la boca… (como si con ello fuera a
lograr detener el dolor que empieza a manifestarse)… primero un leve hormigueo,
luego sentir el corazón mismo en el pulgar para después pasar a un ardor
tremendo, sólo equiparable a la picadura de una hormiga -de esas rojas
grandotas-…
Maldecir al martillo por haber
atinado mi dedo en lugar de la cabeza del clavo.
Maldecir la cabeza del clavo por
haberse movido y dejar campo abierto al martillo para golpear mi dedo.
Maldecir a mi dedo índice por no
haber prevenido a mi indefenso dedo pulgar.
Maldecir a mi dedo pulgar por no
haberse movido y permanecer en una pasividad total para ser golpeado por el
martillo.
Finalmente, maldecir al cabrón de
mi compadre Humberto que tuvo el "detallazo" de regalarme un juego de
herramientas (como si el méndigo no supiera que quienes padecemos parkinson
estamos imposibilitados para cierto tipo de trabajos manuales).