Una perturbación
sonora ingresa por un pequeño y oscuro túnel. Avanza a razón de trescientos cuarenta
metros cada segundo. Se impacta en una membrana lo bastante delicada como para
desequilibrar al mejor de los equilibristas; el impacto hace a su vez que un
martillo golpeé duramente un yunque, mismo que se desquita furioso con un
estribo que termina por asomarse de golpe en una ventana oval que esconde en su
interior un océano tan grande que bien pudiéramos equiparar con un laberinto.
Para entonces la perturbación sonora que originó todo este embrollo se ha
convertido en un potente impulso eléctrico, que viaja a toda velocidad para
alertar ahora cada uno de mis sentidos.
Abro los ojos.
Estiro la mano. Apago el despertador. Me voy directo a la ducha esperando que
el agua concluya la labor que el despertador en su nombre lleva implícito.
Una nueva
oportunidad (traspié quizá, gato en el mejor de los casos) para acrecentar
estas anécdotas cronópicas.